Importa un pepino
Sofi Quirno
Curado por Guido Ignatti

¿Qué lugar ocupan las personas en la vida de una pintura? Superados los conflictos yoistas, superadas las preguntas introspectivas –que no conducen más que al autoconocimiento y a veces al autoengaño–, superado el diván de la pintura; puede que haya llegado el momento de preguntarse qué es lo que uno puede hacer por ella además de contemplarla. Comprender que la vida sigue su curso, aun cuando no estemos presentes, es una de las experiencias más intensas que puede atravesar el ser humano. Todas las cosas que transcurren en el plano material nos recuerdan la finitud de la carne –y quizá también la del espíritu–. La pintura es, entre otras cosas, la manifestación de esa vivencia. El retrato y el paisaje, la personas y su entorno, el glóbulo ocular y el deseo de seguir existiendo cinco minutos después del último aliento. ¿Cómo nos plantamos entonces ante la imagen? ¿Importa para alguien más lo que suceda en este acto privado?

Importa en tanto sigue existiendo el pasaje de lo privado a lo público. El eterno dilema de salir del estado reflexivo para ir al encuentro del otro y entablar un diálogo a pura imagen, a viva voz. Una de las grandes discusiones que se iniciaron a fines de los 60 y continúa hoy, aunque ciertamente de otro modo, es la incidencia del contexto en la manifestación de la obra, y la posibilidad de que esta logre proyectarse independiente desde y sobre el espacio que viene a ocupar. Resulta paradójico que, en la era global del multiculturalismo ultra hibridado, la globalización y el artista migrante, para Quirno sea importante el concepto del estudio. Los talleres suelen ser hoy espacios transitorios, descartables, anodinos, pero, así y todo, revisten importancia no por lo que son sino por lo que permiten ser ahí, y sólo ahí. La potestad no radica en su arquitectura, en su materialidad, sino en la capacidad potencial de que cosas extraordinarias puedan suceder.

La obra presente en la galería parece operar directamente sobre el espacio de exhibición, lo que se dice un sitio específico, aunque de algún modo lo que en realidad hace es “importar” otro sitio: el taller. Santo lugar de intimidad. Así, las pinturas peregrinas son sostenidas por una trama personal que nos envuelve en una experiencia retiniana que activa los actos, los gestos, la performance de la contemplación.

Bruce Nauman dice: “Tuve la impresión, que todo lo que hice en el estudio pudo ser arte, por ejemplo, solo caminar por ahí”. Quirno utiliza lo cotidiano como una forma de entablar un diálogo con la otredad que hoy pretende amalgamarnos en la globalidad, y así logra que expresiones simples, como “caminar por ahí”, transmitan las formas más sutiles de sensibilidad.

Recorriendo esta sala me pregunto qué puede hacer uno por la pintura. Toda esta materialidad desplegada puede entenderse como un autorretrato instantáneo del autor y por qué no, del que mira. La pintura como reflejo de nuestra mortalidad, un espejo que estalla en el acto de mirar.

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La exhibición de Sofi Quirno en Hache plantea un escenario posible sobre las relaciones aleatorias que se dan entre las personas, los objetos y los espacios que los contienen. La obra se proyecta como un todo fluctuante en donde la pintura funciona como catalizador de la experiencia de estas relaciones habituales que, segundo a segundo, vemos e ignoramos con igual esmero. Las pinturas de Quirno exploran lo cotidiano con una paleta reducida, concisa, y con un trazo decidido que pone especial atención en lo mínimo. La instalación, que toma las dos salas de la galería, integra las pinturas en el espacio de exhibición con proyecciones, TVs, intervenciones murales, objetos y modificaciones en la arquitectura para dar lugar a la performance de la contemplación y la experiencia pictórica.

Hache – Buenos Aires
Del 9 de mayo al 10 de junio de 2017