SUITE EN 3 ACTOS

Suite en tres actos es una coreografía de larga duración, articulada en tres momentos consecutivos. Es la puesta en escena de una crónica ficcional sobre el espacio y el tiempo vivos, cuyos protagonistas son carteles de publicidad exterior. ¿Qué ficción se trata y en qué lugar y tiempo nos coloca a nosotros, espectadores? Este es un relato sobre la percepción y las expectativas –burladas- de la mirada. Sobre la riqueza de comprender con los sentidos para, recién luego, dar lugar al análisis. Meditar (tiempo) y reconocer (espacio). Propone que nos ubiquemos en un sitio –hoy desbordado- y desde éste, nuestro punto de vista, experimentar las sensaciones que el relato nos plantea de manera vivencial y física. La materia que pulsa es la curiosidad como aquello que queda después de la sorpresa. Las conclusiones no deben ser apresuradas…

30/11 CAÍDA

3. Caída – fin de fiesta: La última de las cuidadas y ambivalentes puestas en escena de esta suite en tres actos es la representación de un final. La puesta en acto de un retiro limpio y ordenado a partir de la estetización del depósito. Los carteles, que antes ostentaban su presencia a partir de luces individuales, reciben ahora una luz dirigida que nos indica la presencia demiurga de un ser-más-allá del drama subjetivo.

Alcanzamos el tercer movimiento de esta ópera a largo plazo, y con la Caída queremos reflexionar sobre el desafío que significa elegir. Hacemos elecciones constantemente porque, entre otras cosas, no podemos estar en todos lados al mismo tiempo y eso comporta, necesariamente un duelo. Digámoslo de una vez: somos de la generación de la selección, del ejercicio de la subjetividad ahí donde elegir se vuelve imprescindible. Ahí donde elegir es siempre preferir, para mostrar. Esto es así desde que la variedad se acopló con la profusión, desde que los objetos reales y virtuales abundan, desde que es posible la heterodoxia estética en sano concubinato con la marca personal. Tal vez no sea privativo de nuestra era, pero sí –de esto estoy segura- hoy, más que nunca, elegir es un gesto de autoría. Entonces, elegimos para decir(nos) quiénes somos, seleccionamos entre un mar de posibilidades para mostrar(nos) por donde vamos. Lo más rico de está necesidad de elección como estandarte de la identidad es que no pretende ser regla. Ya no pedimos ser la norma, en un “que-se-vayan-todos”. Pedimos convivir, así como somos.

Otra crónica de muerte anunciada es la que sobrevuela, como ave de rapiña, sobre todo lo que pretenda ser estandarizado. Es el fin de lo homogéneo en la convivencia de mundos heterotópicos. No es mi idea hacer una apología de la subjetividad, ya que bastante nos tiene tiranizados. Sino, traer al análisis una dimensión que es vital hoy. Cuando los grandes relatos que explicaban el mundo cayeron o se desgarraron, emergieron los pequeños relatos. Junto con esas verdades preconcebidas, caen otras verdades que tocaban al sujeto, su identidad, sus gustos, sus deseos. Hoy, tras la implosión, en lugar de haber un gran mundo se siente como si estuviéramos en un coctel de pequeños mundos. Tras la experiencia de los totalitarismos, estos pequeños mundo no buscan imponerse por sobre otros. Buscan ser escuchados, y a lo sumo, tolerados. Mutatis mutandi, en el mundo del arte internacional ya no podemos ni siquiera hablar de escuelas. ¿ismos? Para nada. Entonces de qué sí podemos hablar: de identidades, de grupos etarios, de obras que hacen mundo, de seguidores de artistas que adhieren a ese mundo porque se sienten identificados. Heterotopías.

Durante la antes mencionada modernidad se creía, a grandes rasgos, en un modelo del mundo que estaba dado, acabó y objetivamente delante de nuestros ojos para ser descubierto. El papel de las obras de arte sería el de desvelarnos este mundo, el papel de hacernos llegar a un “valor absoluto” de lo bello. Este es el espíritu de la Utopía de la modernidad: la utopía unificante. Sabemos que esta Utopía no se concretó hoy tal cual fue planteada y promovida por sus diversos militantes. Sin embargo el filósofo del arte Gianni Vattimo sostiene que sí estamos frente a la realización de esta utopía estética, la cual sufrió una inevitable transmutación ya que, para concretarse, tuvo que volverse Heterotopia.

La experiencia del arte así resignificada se da como un reconocimiento de modelos que hacen mundos y que nos identifican, pero que al mismo tiempo, nos hablan de y desde lo múltiple. Vivimos identificándonos con pequeños momentos de creatividad, haciendo alrededor de ellos comunidad, construyéndonos a cada paso porque sabemos muy bien que no hay una Realidad por descubrir, sino una infinita cantidad de realidades por tejer.

Hay una genealogía de esta actitud subjetivista en el arte argentino, una actitud que Rafael Cippolini llamaría “Subjetividad Porosa” [Contagiosa Paranoia, Interzona, 2007]. Se trata de aquella adoptada por ciertos artistas de los años 90 que se ocuparon de cultivar y sostener su subjetividad para revelarse ante el notorio avance de la “internacionalización” de los estilos (cuando ser internacional era garantía de éxito, de profesionalismo, en esa década de apertura al exitismo de espaldas a cualquier propuesta plástica que oliera a localismos). Ellos “hicieron de su subjetividad e intimismo un rasgo de estilo –señala Cippolini- y una bandera de combate en tiempos en que el imperio de cierto internacionalismo auspiciado por Jorge Glusberg hacía estragos […] exhiben sin pudor una subjetividad porosa, felizmente contaminada […] Ya no pertenecen ni a lo popular ni a lo alto, sino que nacieron y se formaron en ese mundo intermedio, donde no tiene sentido ni la conciliación ni la apropiación […]”. Entiendo que la actitud táctica, de observación y acción dentro de los límites y alcances del terreno mainstream, es la que viene adoptando Ignatti en cada una de sus obras, con mayor o menor alevosía.

De esto se trata la tercera noción que informa este proyecto de curaduría: el giro táctico de la subjetividad en la actualidad. Recuperándonos del trauma que fue la caída de las estrategias utópicas, vale decir, las propuestas hechas sobre terrenos construidos y dominados, la subjetividad que se quiere autodeterminada no tiene más remedio hoy que batirse a duelo en terrenos ajenos. Es así que la obra de Ignatti se monta sobre la realidad, analizándola y operando directamente sobre ella. Las obras no existen antes de que ese mágico encuentro entre realidad y necesidad se den, como un chispazo.

[este texto presenta las últimas ideas curatoriales que dialogaron con la obra en su tercer momento de Caída, el 30/11. Es, por lo tanto, el final de este texto autoría en tres tiempos de Mariana Rodríguez Iglesias. Redactado en Coghlan, primavera de 2012]

...

La Ira de Dios
*blog y archivo online de la obra
Del 2 de noviembre al 14 de diciembre de 2012