El largo camino al sitio
Texto: Luciana Casaburi

Guido Ignatti es curador y fundador de la revista Sauna pero sobre todo artista site specific. Sus obras son indisociables de los lugares en que existen, hablan un idioma lúcido y a la vez críptico que se presta a múltiples traducciones. Pero él, el artista, el crítico, tiene una claridad de palabras para hablarnos sobre su obra y sobre sí mismo que solo puede venir de alguien que se ha tomado el tiempo para pensar el espacio antes de abordarlo con objetos. Un arte que puede adquirir formas tan monumentales como efímeras.

¿Cómo describirías tu obra?
Hago instalaciones que se pueden definir como site specific, es decir que trabajo a partir de espacios concretos. Las obras nacen de ir y ver el lugar donde van a exhibirse: todo empieza por la decodificación del espacio. Algunas veces ese contacto con el contexto me sirve para imaginar algo nuevo y otras veces para adaptar alguna idea que ya traigo en la cabeza. Pero sea como sea el proceso, siempre es necesario establecer una relación con el lugar antes de empezar a investigar. Por otro lado, en mis instalaciones trabajo con la edición de objetos reconocibles y de su carga simbólica para configurar un lenguaje nuevo. Mis instalaciones se constituyen a partir de cosas usadas pero que conservan su aura inicial.

¿Qué es lo que te resulta atractivo de este tipo de operación?
Lo que tiene de interesante o lo que a mí me resulta llamativo es la cuestión de lo efímero que se juega en el site specific: así como empieza se termina, solo queda la documentación del proceso. Hay algo en eso que hace que la obra no tenga cuerpo, que sea infetichizable. Por otro lado también me interesa accionar una pregunta a través de mis obras. Tiene que haber algún elemento en la instalación que les haga fruncir el seño a los que la vean, que sea disonante, que dispare una duda. Y ese momento de disonancia va a ser lo que les haga cuestionar la veracidad de todo lo que estás viendo. Me gusta la idea de no brindar las cosas resueltas sino que exista un resto que no se cierre nunca.

¿Cuál fue tu educación formal?
La verdad es que si bien desde chico yo ya sabía que quería dibujar, en casa no estaba muy presente la idea de que siguiera una carrera artística por ese miedo típico de la clase media a no tener un título que te asegure una subsistencia económica. Por suerte, con mis viejos, que siempre fueron unos copados y me estimularon un montón, llegamos a un acuerdo de buscar un punto medio entre lo artístico y la salida laboral. Entonces entré en un secundario con tecnicatura en publicidad donde aprendí los principios del diseño. Paralelo a eso me puse a estudiar ambientación y caracterización escénica en el Teatro Colón, lo que me entrenó en el manejo de diferentes materiales. Fueron unos años geniales, de mucha formación pero que principalmente me sirvieron para darme cuenta que no me interesaba la parte comercial. Después entré al Iuna de Bellas Artes y ahí apareció la escultura que fue el primer paso hacia lo que hago hoy en día.

¿Cómo fue tu recorrido hasta llegar a realizar sites specifics?
La verdad que llegué a este tipo de obra medio de casualidad. Yo venía del Iuna con una idea cerrada sobre la escultura, más ligada al oficio que a la búsqueda personal y con un montón de idealizaciones de lo que era ser artista. Pero cuando empecé a trabajar en una galería me desayuné acerca del mundo del arte y todos los preceptos románticos que traía como estudiante me explotaron en la cara. Enfrentarme a un coleccionista, a lo que pasa con un artista cuando empieza a vender mucha obra fue una situación que me paralizó y dejé de producir durante dos años. En el medio de esa crisis nos prestan a un grupo de amigos y a mí una casa que estaba por ser demolida para que la usemos como taller. La habitación que me tocó estaba bastante en ruinas y la primera noche se largó a llover y el agua entraba por todos lados. Yo tenía la idea de hacer escultura pero en ese contexto era imposible hacer cosas que necesitaran cuidado y entonces se me ocurrió hacer algo que no tuviera que ser cuidado. Empecé a ver que pasaba con el agua, cómo afectaba al lugar. Escarbé las paredes y encontré restos de diferentes capas de pinturas, motivos tras los motivos. Eso me llevó a hacer una especie de arqueología del espacio, a realizar una ficción de otro presente posible que se mezclara con la realidad del lugar. Esa situación me obligó a no forzar eso que me tenía trabado, a respetar la naturaleza de las cosas y trabajar con aquello que me era dado. Especialmente fue un no forzarme a mí mismo y un repensar el hecho artístico desde el proceso. Lo que sucedió ahí es lo que registro como mi primera obra porque me pude desprender del objeto, de la necesidad de crear un objeto nuevo, un objeto fetiche para un otro.

Junto a un grupo de amigos y colegas lanzaste la revista sobre arte sauna ¿cuál es tu relación con la escritura?
Comencé a escribir al mismo tiempo que arranqué con las instalaciones por que me servía poner en palabra el proceso de la investigación a medida que iba sucediendo y sobretodo teniendo en cuenta que era algo predestinado a desaparecer. Con los textos de la revista pasa algo parecido. Para mi hacer una crítica no es solo pensar la obra de alguien o alguna idea estética en particular, sino que ese acto de escritura me sirve para releer mi trabajo en relación a eso de lo que estoy hablando. Las preguntas que tengo como artista son las mismas que manifiesto cuando produzco un texto. Claramente no me considero un crítico de arte pero escribir me sirve como parte de la propia investigación.

¿Cómo complementas las múltiples actividades artísticas que llevas a cabo?
Desde hace muchos años que trabajo en el campo de las artes haciendo cosas bien distintas pero siempre lo que más me interesó y lo que prevalece es el Guido artista. Desde ahí toco tangencialmente otras actividades y dejo que las otras actividades toquen la obra. Escribir, curar, gestionar: todas son herramientas que enriquecen lo que hago.

WKD MAG #19