Hogar, dulce y ordenado hogar

A un mes de la mudanza, escribo en pleno proceso de construcción -reconstrucción- de mi hogar. Somos cuatros, dos adultos y dos niños; alquilamos. El barrio –zona sur, ciudad de Buenos Aires- nos ofrece más espacio por menos dinero, pero claro, nada es gratis en esta vida, el entorno es también más caótico, más inseguro dirán los medios y fundarán sus dichos con estadísticas policiales. Por mi parte creo que será cuestión de manejar los códigos del arrabal, incluso aunque esté seguro de que si alguna vez la función del artefacto casa fue protegernos del frío, de la lluvia, de las fieras salvajes, hoy está más orientado a la intemperie social: la tormenta humana. Quizás siempre fue así, habría que preguntárselo a un Neanderthal.
No tan vieja como el hombre de las cavernas, mi abuela en su casa cosía, tejía, bordaba. Hoy la vista no le permite estos quehaceres pero todavía cocina, y ¡cómo! Todos los días, como un soldado, a las nueve está plantada en la cocina para que la comida sobre la mesa a las doce en punto. El recetario de su madre, que es el de la madre de la madre en loop ad infinitum, fue enriquecido por su experiencia centenaria –cumplió 97- y los tips que ahora le pasan Narda, Dolli y Choly todos los días desde la tele. Difícil sea un solo plato, generalmente son entrada, principal y postre, y ¡cuánto estilo! Lo suyo es devocional. Los sabores nunca son exactamente como deben ser, como ella los siente en algún recodo de su ser. Para ella, el sabor parece ser un supuesto perfecto e inalcanzable, una utopía. Para nosotros, sobre todos para quienes heredamos el amor por la cocina, una aventura en el arte de descifrar la materia prima del guisado.
El proceso culinario funciona entonces como ritual alquímico en el que algo crudo deviene otro algo sofisticado sin otro fin aparente que, ya no el alimento, sino el placer –la felicidad- de los íntimos. La formula –y esto también es bien sabido- sirve también como marca de identidad: Tus ravioles muy ricos, digo y pienso: pero no como los de Tona. Y así debe ser, no hay factura artesanal que no implique una estética, única e irrepetible.
Así vistas las labores domésticas son una especie de pliego metafísico en el que los elementos naturales son transfigurados para asistir las amenazas que la misma naturaleza implica; una torsión, un pellizco en el que lo ajeno e incompresible resulta propio y manuable. No hay casa sin orden porque la casa es orden, o por lo menos un placebo que nos permite a los humanos sentir que controlamos el mundo, un pedacito del mundo que se percibe como un todo.
Algo de eso hay. Según los filósofos modernos la casa familiar es la forma básica que modela la sociedad. La organización de la casa tradicional determina categorías de sujetos subordinados a distintos derechos y deberes que luego se replican en la sociedad. El padre protector, la madre nutricia, el niño inocente son personajes de un juego de roles que motorizan la triada Patria-Familia-Propiedad, un sistema de valores que se fue agrietando hasta explotar, no se bien en qué momento de la segunda mitad del siglo XX. Muchos todavía andan por ahí juntando los pedazos, desperdigados, desordenados, mientras la gran rueda milenaria comienza a dar una nueva vuelta más.
En la sociedad de las individualidades el ser ya no es en función de otro, sino un fin en si mismo. No soy el nieto de mi abuela, ni padre de mis hijos, ni el marido de mi marido. Soy todos esos, claro, pero todas estas personalidades habitan la certeza de que soy lo que quiera –y pueda- ser. Soy yo, y a la vez nunca del todo, el objeto de la vida, como el gusto de la sopa de mi abuela, está ahí pero no se revela del todo, y de pronto uno se encuentra solo en medio de un mundo superpoblado y violento donde las únicas campanas que repican son las del capitalismo, esa nueva religión que no ofrece otra alternativa que el consumo como expiación.
En busca de un refugio, encontramos una serie de nuevos tipos: La casa unipersonal, especie de celda penitenciaria y templo de la interioridad donde uno se reúne con uno mismo. La casa compartida, entre el convento y el conventillo donde cada uno puede llevar su propio ritmo bajo ciertas normas de convivencia y la coincidencia en determinado tiempo-lugar. La casa nómade, mezcla de mochila cargada con las cosas que me llevaría a una isla y un rincón apartado para tirarse a dormir.
En el nuevo orden el artesanato de las labores domesticas deja paso al ready made: Ropa de temporada, servilletas descartables y comida “casera” take away. La operación simbólica gana terreno sobre la cuestión funcional. Seguramente en las imágenes reverberarán las canciones de la cuna, el picor de la bufanda, los aromas del jardín, pero lo más seguro es que todas estas experiencias sean de producción industrial. No serán lo mismo, pero a esta altura, a quién le importa, la sustitución es la base de la cultura. Triunfan entonces el juego de las apariencias y gana quien sabe, ya no digamos quién es, si no lo que quiere. El deseo, y de eso no tengo dudas, es un fantasma que anida adentro y se manifiesta cuando uno encuentra su lugar.

M.S. Dansey
2012