Nada para exponer: una muestra de arte con salas vacías
Daniel Gigena
La Nación, 4 de septiembre de 2015

Sorprende y enoja por igual la puesta de la cordobesa Dolores Cáceres en el Caraffa

No es la primera vez que la artista cordobesa Dolores Cáceres provoca un debate en su ciudad con una operación artística. En 2008, durante el conflicto del gobierno con los productores rurales por la resolución 125, Cáceres plantó soja en los jardines del Museo Provincial de Bellas Artes Emilio Caraffa para su proyecto "Qué soy". Eso causó conjeturas sobre los designios de la artista (si era K o anti-K, la monótona letanía de esta década) y aglutinó a organizaciones políticas y de la comunidad LGBT en defensa de sus derechos.

Este año, Cáceres fue convocada por el director del Caraffa, Jorge Torres, para hacer una retrospectiva de su obra en tres salas. Ella propuso realizar un "trabajo de sitio y tiempo específico" en las salas 5, 6 y 7 al que bautizó #sinlimite567. Su propuesta fue, con apoyo del personal del museo, acondicionar mínimamente los espacios, reemplazar la luminaria, quitar paneles de durlock, no más, y publicar un catálogo en el que explica el uso del hashtag en el nombre de la muestra y la elección tipográfica de los carteles, y reproduce los planos de las tres salas y un detallado currículum de su trayectoria. El resto son páginas en blanco. Hay, además, una dedicatoria que quizás alude a la matriz del proyecto: "A mis hijos".

Cáceres es una artista que nació en los años 60 en la capital de su provincia. En la década de 1990 su obra se hizo conocida con la muestra colectiva El día electrónico, en el Caraffa. Ya sea en Córdoba, Buenos Aires o París, realizó más de treinta exposiciones individuales y colectivas. También participó de varias bienales con obras conceptuales, performances y arte antimercantil. Este año, por ejemplo, llevó a la XII Bienal de La Habana sus neones y carteles con la leyenda "No vendo nada", que fueron situados en las calles céntricas de la ciudad. Sus acciones de arte público, como Cucú (2010) o Contralugares (2011), se vinculan con los trabajos de Marta Minujín, Alfredo Jaar y Niki de Saint Phalle, a quienes admira.

Daniel Capardi, que en 2008 dejó la dirección del Caraffa y es un investigador del arte conceptual local, señala que la obra de Cáceres propone "la generación o construcción de situaciones, exhibiendo el espacio del museo como el rol del espectador. Invirtiendo o alterando, incluso, la relación sujeto y objeto". Desde ese ángulo, en las salas "vacías" del Caraffa, llevadas a su grado cero por la artista, los espectadores representan el acontecimiento y la obra se convierte en un proceso de comunicación, de malentendidos y de debate.

Las tres salas -que se integraron al museo cordobés en 2007 en una ampliación resuelta por el gobierno de De la Sota cuando el museo era dirigido por Capardi- no presentan obra alguna. La muestra, que se inauguró a fines de julio y continúa hasta el 10 de este mes, provocó de inmediato una polémica que adquirió ribetes agresivos. Además de promover en redes sociales y medios de comunicación provinciales y nacionales el desconcierto, las ironías o las bromas pesadas sobre #sinlimite567, puso en cuestión la función de las instituciones oficiales (entre ellas, el propio museo que alberga la experiencia) en la formación de un público de arte contemporáneo. Muchos críticos recordaron la "exposición del vacío" de Yves Klein en 1958 o la "bienal vacía" de San Pablo, curada por Ivo Mesquita en 2008, pero pocos se preguntaron cuál podía ser el significado de la propuesta de Cáceres. Prefirieron impugnarla y recordarle instancias del arte conceptual que ella no ignoraba y que estaban en la base de su proyecto.

"El debate que se generó es interesante en tanto pueda correrse de la pregunta sobre si es arte o no -opina Cáceres-. Insisto en señalar que la meta del arte no es la obra en sí, sino la libertad de crearla. Ésta es una obra disruptiva, abierta, contextual y transitiva. Una postura política de la realidad que se traduce en una noción de época y pone en juego una trama muy compleja. El archivo de las reacciones es muy rico. Una masa de público indignado me hizo pensar en lo que se produce frente a un paro de un servicio público. Preparo para el cierre una performance con ese archivo con el título Los Espejos o la tercera persona."

Lo público y lo privado

Leticia Obeid, artista y poeta cordobesa, escribió en redes sociales: "Voy siguiendo la polémica sobre la muestra de Dolores Cáceres en el Caraffa. No me parece tan pertinente pensar la obra dentro de una genealogía histórica como pensarla en su presente más concreto y en cómo se ha vuelto excusa para que mucha gente discuta la programación de un lugar público. Se le pide al museo algo que no se le pediría al ámbito privado (y eso es sano), pero hay un error en pensar que lo público debe ser siempre el lugar donde todos los deseos son satisfechos. ¿O acaso a esa gente, que opina con tanta saña, le podríamos dar el rol de curadores del Caraffa? Y por supuesto me asusta ese clima de linchamiento de los que comentan anónimamente en el diario". Obeid se refiere a La Voz del Interior, cuyas opiniones fueron replicadas por medios nacionales.

Otro artista y crítico, Guido Ignatti, que también montó una sala blanca en 2009 y que viajó a Córdoba a ver la propuesta, comenta: "Dejar las salas vacías de un museo propone un conflicto de intereses, ya que se supone que una sala es para exponer. Además está el conflicto desatado en las redes sociales y los medios, fuera del control de la artista. En principio hay dos escenas y dos conflictos, que comparten una misma idea. Eso para mí ya hace atractiva la obra, que no podría haber sido en otra ciudad. El contexto es clave para entenderla. La situación del sistema artístico en Córdoba tiene sus particularidades y es sobre esta materia que la obra actúa. Aunque me llama la atención la repercusión que tuvo, diría que la obra repercute en todo el sistema del arte argentino. Respecto del público local, fue implicado radicalmente en un juego para el que quizás no estaba preparado o no quería participar. Además, Cáceres resulta un blanco fácil por ser una artista solitaria y de clase acomodada. No es menor el dato, no en los tiempos que corren. Una artista como ella haciendo lo que parece la nada misma en un museo provincial. No es ingenuo que ella le hable a Córdoba desde el vacío, que les presente una Córdoba que los pone en la difícil situación de ser protagonistas. En el medio de esta pregunta al espectador, quedan varias cuestiones: la materialidad de las cosas, la autoría, la originalidad, la misión de los museos".

Una oportunidad para pensar no sólo sobre las posibilidades del arte actual, sino también sobre el modo en que una propuesta estética actúa como espejo de la sociedad.

La Nación Ideas