El arte en una simbiosis perdurable.
Laura Isola
Perfil, domingo 3 de marzo de 2013

La página y el cubo blancos son metáforas de inicio en algunas disciplinas de arte. Tanto en la literatura como en las artes visuales implica una disposición, con todo lo de futuro que tiene el término, a la tarea. También, una decisión del hacer y una resolución posterior en el espacio y el tiempo. Acarrean, en muchos casos, las connotaciones de la angustia y cierta desesperación por lo que está en el porvenir o en la inmediatez del siguiente movimiento. Sin embargo, en ambos casos, el blanco predispone a llenarse, como un falso vacío que es. En el caso del cubo blanco, una definición que las artes visuales pergeñó en el siglo XX, más precisamente, Brian O´Doherty en una serie de artículos que escribió entre los años 1976 y 1981 en la revista Artforum y que luego publicó en Dentro del cubo blanco. La ideología del espacio expositivo, problematiza, sobre todo, la condiciones del museo como espacio sacralizado con sus reglas y sus normas. En todo caso, las paredes blancas y los cuadros colgando de ellas fueron para el crítico belga una forma de volver a pensar, después de la mitad del siglo pasado, algunas de las iluminaciones que Walter Benjamin encendió en La obra de arte en la época de su reproductividad técnica, en la primera parte de la misma centuria, cuando observó los cambios en la percepción por la llegada del cine y la fotografía y la pérdida del aura de las piezas de arte. Por lo menos, las reflexiones de O´Doherty están presentes Espacios parasitados, la muestra curada por Rodrigo Alonso en el Pabellón de las Artes de UCA. No sólo en el texto que acompaña el eficiente catálogo sino en la puesta al día de este concepto. Alonso busca (y encuentra) a cinco artistas que pueden operar sobre el cubo blanco en el que se convirtió el renovado espacio de exposiciones de Puerto Madero. Porque las obras de Leila Tschopp, Guido Ignatti, Juan Gugger, Agustín Fernández y José Martín Arangoa parecen estar pensando en este sentido. A veces, forzadamente, sin que esto represente una falla. Todas ellas abandonan los modos tradicionales de mostrarse. Aún las que cuelgan, como algunas de Ignatti y Arangoa, resuelven la convención por lo que muestran: lo que ves no es lo que es. En el caso del primero, sus expresiones más logradas son las que se aleja de las paredes para proyectar su imaginación, como en “Capturas en la rutina de alguien #1 y #2”. Prolija, perfecta, con la dosis exacta de humor, la torre de (cajas) de pizza de Juan Gugger es un hallazgo constructivo y conceptual. Tiene la cuota perfecta de bagaje histórico y la resolución feliz de un artista inteligente y creativo. Tschopp vuelve a hacernos caer en la trampa de sus vibrantes pinturas. El engaño, como una forma de belleza, es su marca registrada. Fernández construye, con la habilidad de un arquitecto, “soluciones habitacionales” que solo pueden existir en su imaginación. Combina imágenes y madera para dar cuenta de maquetas mentales que siembra en la exhibición como si quisiera que se reproduzcan y crezcan. Entonces, el nombre encuentra sentido. Las obras que se nutren del lugar, como los parásitos que necesitan de otro para vivir. Pero en esa ecología simbiótica, al modo que se realiza en la naturaleza misma, el hospedador no siempre se ve dañado por su huésped. Al contrario, en muchos casos, la estrecha relación entre ellos redunda en beneficios mutuos. Esta muestra puede ser tomada como ejemplo.

La muestra podrá visitarse de martes a domingos de 11 a 19 en Pabellón de las Bellas Artes en Av. Alicia M. de Justo 1300, P. B.