Afinidad en la diversidad

Ocupando las tres salas de la renovada Barraca Vorticista, el trabajo de curaduría de VICTORIA PIAZZA nos propone una lectura de la obra de diez artistas jóvenes.
Hablar de lectura implica la selección y ubicación de las obras generando una sintaxis de frescura inusual, imponiendo un clima de desafío y contemporaneidad.

ANDRÉS PASINOVICH coloca un gran cuadro sobre el piso. Pinta una vegetación exuberante, una selva. Al mismo tiempo hace emerger de los zócalos y rincones, otras formas vegetales resueltas en cerámica que juegan un contrapunto con las plantas representadas en el plano, sugiriendo que este reino vegetal puja por introducirse en nuestras vidas perforando y desparramando tierra de nuestros propios cimientos.
La vida que quiere seguir siendo vida aunque su irrupción sugiera una amenaza.

Esta energía vital se combina con los dibujos de VALERIA TRAVERSA que aborda ese papel enorme desde una gestualidad que abarca el movimiento de una danza. Los haces de líneas sobre el soporte blanco son el testimonio de los límites de un cuerpo y sus músculos, y es también su explosión. La huella de una vida que vive y se expande desnudando su ritmo, su furia, su afirmación.

Con las esculturas de MARA RIVIELLO LÓPEZ el encuentro es sorpresivo. El primer golpe de vista entiende unos cuatro tiernos caballitos de juguete expuestos en la vitrina. La segunda mirada nos sumerge en la tragicidad de la existencia y experimentamos nuestro propio límite como ha sido configurado en la historia de la cultura con el mito de la inocencia perdida.

CARLA BERTONE cuestiona el formato tradicional del cuadro y su función centralizadora, obligando a la pared, antes invisible como sostén obligado de la obra bidimensional, a aparecer en primer plano, a compartir prioridad en la obra. Marcos pintados con geometrías irradiantes de color con sus centros vacíos. Esa ausencia de centralidad destaca la periferia como el lugar posible de la vida.

Las pinturas de NATALIA BIASIOLI parecen provenir de un magma caótico que podría haber generado tanto estas imágenes como otras tantas infinitas. Pero es el enmascarado con negro que avanza por encima, lo que funcionará como un fondo que recorta y define las figuras y acota a una sola de esas posibilidades, trayéndolas a la existencia y llevando las otras al terreno de la pura conjetura. Sus figuras dialogan secretamente estableciendo un íntimo ritual.

MATÍAS PEREGO superpone momentos del tiempo y de la música en pinturas que son relatos de situaciones que no terminan de revelarse, que juegan a permanecer ocultas en el esbozo de textos que al modo de la viñeta de la historieta dejan ver lo que piensa, dice o escucha el personaje representado. No importa tanto si uno sabe o no sabe de dónde provienen esos dichos: en cualquier punto donde uno entre en esa imagen, la apariencia de lo ingenuo se carga de una densidad de misterio.

VERÓNICA DI TORO experimenta con el efecto cinético de la geometría inundándola de la vitalidad del color que vibra a partir de combinaciones de saturados y que envuelven la mirada y empujan el cuerpo del espectador ejerciendo sobre él un vértigo revitalizador.

DIEGO MUR también explota el cromatismo y la chispa del plano de color, en contrastes de complementarios para esconder paisajes detrás de sintetizados planos grandes o pequeños, en el punto exacto donde el equilibrio nos permite, o reconstruir la figuración de una combinación de objetos del mundo, o renunciar al referente y quedarnos con la abstracción al límite de las formas puras.

GUIDO IGNATTI interviene una sala a partir de reconocer el entorno y la memoria del lugar. Emerge, entonces, el empapelado posible del conventillo que la Barraca Vorticista alguna vez fue. Con su papel estampado dialogando con esa historia. Esa recuperación es momentánea porque en algún punto se interrumpe el empapelado dejándonos en claro que estamos mirando desde un presente donde esa pared es blanca. Evanescencia del esfuerzo por retener el pasado.

En perfecta simbiosis con ese entorno habitacional EZEQUIEL VERONA instala una acumulación de bancos de madera pintada, diversas alturas que se entrelazan en conjuntos y van certificando su inutilidad por la falta o quebradura de sus asientos o patas. Por un lado remiten al abandono, al rincón estático del tiempo, por otro despiertan la mirada hechizada, que habiendo perdido la urgencia de la necesidad atraviesa los objetos para ver más allá renovando el horizonte de su meta.

Un sinfín de cruces y relaciones conectan un rincón con otro de la muestra se respira afinidad en la diversidad, un espacio habitable.

Luis Espinosa (Ramona digital)